«Nunca podrás contribuir a toda la sociedad. Por eso, el mejor entre ustedes es aquel que beneficia a los demás.»
Estas palabras son las que con frecuencia retomo cuando pienso en mi camino. Me llamo Muaz Fariz, soy estudiante de segundo año de Estudios Internacionales en la Universidad de Utsunomiya, Japón, con especialización en Derecho Internacional. A los diecinueve años, dejé Malasia con la beca JPA en la mano y un sentido de responsabilidad en el corazón. Lo que comenzó como una búsqueda de educación se ha convertido en un viaje de conexión con los demás: a través de las relaciones internacionales, del servicio, y quizás con mayor fuerza, a través del lenguaje.
Del MRSM al JPA: una base de oportunidades
Mi historia académica comenzó en el MRSM, donde la disciplina, la resiliencia y el sentido de comunidad moldearon la manera en que veía el mundo. Fue también allí donde cultivé la ambición de apuntar más alto, de contribuir a algo más grande que yo mismo. Tras obtener 9 A's en el SPM (Sijil Pelajaran Malaysia), logré conseguir la beca JPA. Era una puerta a las posibilidades, una señal de que podía aventurarme más allá de Malasia llevando mis raíces conmigo.
La Universidad Teikyo: el puente antes de Japón
Antes de pisar Japón, tuve la oportunidad de vivir el Pre-Japan Programme en la Escuela de Idioma Japonés Teikyo en Malasia. Fue mi primera inmersión en la forma japonesa de aprender y vivir, y decir que fue desafiante se queda corto. El programa exigía disciplina y concentración, pero también me mostró la belleza del intercambio cultural.
JLPT y EJU: pruebas antes del triunfo
El idioma fue, y sigue siendo, mi mayor desafío. Antes de inscribirme en la Universidad de Utsunomiya, debía demostrar mi nivel a través del JLPT (Examen de Certificación de Idioma Japonés) y el EJU (Examen para la Admisión de Estudiantes Extranjeros en Universidades Japonesas). No eran simples exámenes, sino pruebas de perseverancia.
Recuerdo pasar horas en las aulas, rodeado de libros de texto repletos de kanji y reglas gramaticales que parecían interminables. Cada día se sentía como una batalla contra los caracteres en la página y el reloj en la pared. Algunas noches me despertaba frustrado, preguntándome si tenía la capacidad de mantener el ritmo con un idioma tan ajeno a mí. El enorme volumen de vocabulario, los matices sutiles de las estructuras gramaticales y la complejidad de la comprensión lectora solían sentirse abrumadores. Sin embargo, poco a poco, comenzaron a aparecer pequeñas victorias: entender una conversación en clase o responder correctamente una pregunta difícil. Aprobar estas pruebas no era simplemente un logro académico — era demostrarme a mí mismo que podía adaptarme, sobrevivir y, finalmente, prosperar en un entorno completamente diferente al de casa. La lucha forjó resiliencia, paciencia y un profundo respeto por el proceso del aprendizaje en sí.
Abrazando el río de la tradición: mi camino hacia Japón
La gente suele preguntarme: ¿por qué Japón?
Nunca imaginé que mi camino académico me llevaría a Japón. Al principio, era simplemente una oportunidad: una beca que abría puertas, y me importaba poco el destino. Pero Japón resultó ser mucho más que un país; se convirtió en un espacio que me desafió, me moldeó y me exigió crecer. Su idioma, costumbres y cultura eran desconocidos, intrincados y a veces abrumadores. Cada día se sentía como navegar por un río de tradición, donde cada interacción llevaba un significado más allá de las palabras. Sin embargo, fue precisamente a través de estos desafíos que descubrí la resiliencia, la adaptabilidad y la sutil belleza de sumergirme plenamente en un mundo tan diferente al mío.
Tejiendo conexiones a través de las fronteras
Mi elección de los Estudios Internacionales, con enfoque en el Derecho Internacional, surgió del deseo de comprender los marcos que rigen nuestro mundo interconectado. El derecho no es solo reglas escritas en papel: es sobre personas, derechos y responsabilidades. Al estudiar relaciones internacionales, esperaba situarme en una posición desde la cual pudiera ayudar a tender puentes, negociar diferencias y generar contribuciones significativas a comunidades, ya sean locales o globales. Durante mi tiempo en Japón, y especialmente a través de la participación en competencias internacionales y el relacionamiento con pares de todo el mundo, comprobé de primera mano cuán interconectadas están realmente nuestras sociedades.
Competencias y think tanks: aprendiendo más allá de las fronteras
Uno de los momentos más destacados de mi camino ha sido participar en competencias internacionales y think tanks. En 2023, representé a mi universidad en una competencia de Derecho Internacional Humanitario en Turquía. Estar en ese escenario como estudiante malasio me recordó lo lejos que había llegado, pero también cuánto me quedaba por aprender.
Más allá de las competencias, unirme a think tanks me expuso a ideas más grandes que yo mismo. No se trataba solo de ganar debates o redactar políticas: era aprender cómo diferentes naciones y culturas abordan los problemas, y cómo la colaboración puede moldear soluciones.
YOSH: liderazgo a través del servicio
Mi experiencia con YOSH (Youth of Strength and Happiness) ha sido profundamente transformadora. Lo que comenzó como una simple oportunidad de voluntariado durante mi programa de preparación en Malasia creció hasta convertirse en una significativa experiencia de liderazgo que moldeó mi forma de entender la responsabilidad, el trabajo en equipo y el impacto. Al principio, participé como voluntario, ayudando con programas de intercambio cultural y traducciones básicas. Pero gradualmente, gracias a mi participación constante y dedicación, me encomendaron la gestión de una sede: supervisar operaciones, coordinar campañas de crowdfunding y garantizar el éxito de los programas sociales.
Ya sea coordinando colaboraciones con universidades, empresas o asociaciones juveniles, me di cuenta de que mi rol era empoderar a otros, guiarlos y cultivar el crecimiento colectivo. Lo más importante es que YOSH reforzó un principio que resuena profundamente en mí: el verdadero liderazgo reside en el servicio. Al crear oportunidades para que otros prosperen, no solo contribuía a la comunidad, sino que también crecía junto a ella.
Vida en Japón: lecciones de adaptación
Vivir en Japón ha sido tan desafiante como iluminador. La sociedad japonesa es intrincada, no solo en el idioma, sino también en la cultura, la etiqueta social y las relaciones interpersonales. Rápidamente comprendí que dominar el idioma por sí solo no garantizaba entender la cultura. Incluso cuando podía leer kanji y hablar japonés a nivel funcional, conectar verdaderamente con las personas requería paciencia, observación y sensibilidad hacia las señales sociales no verbales.
Hacer amigos fue quizás la mayor lección de humildad y perseverancia. A diferencia de Malasia, donde la amabilidad fluye con facilidad y las conexiones se forman rápidamente, las normas sociales japonesas valoran el respeto y la distancia. Muchos compañeros de clase siguieron siendo solo eso, compañeros de clase, mientras las amistades se cultivaban lentamente, alimentadas con el tiempo a través de experiencias compartidas y confianza. Sin embargo, esta experiencia también reveló la belleza de la curiosidad y la apertura humana. Algunos amigos japoneses querían aprender sobre la cultura, el idioma y las tradiciones malayas, lo que me permitía tender puentes entre mundos y crear intercambios significativos.
La nostalgia del hogar era rara; la independencia había sido parte de mi vida desde los trece años. En cambio, me enfoqué en aprender, conectarme y contribuir en cada espacio que ocupaba. La vida en Japón no ha sido solo un viaje académico; ha sido una profunda educación en la conexión humana, la paciencia y las formas matizadas en que nos relacionamos unos con otros.
Cultivando impacto para un mundo interconectado
Mirando hacia adelante, mi objetivo es claro: devolver los beneficios que he recibido contribuyendo a la sociedad. Me veo trabajando en la intersección del derecho y el servicio internacional, quizás con organizaciones como JICA (Agencia Japonesa de Cooperación Internacional), la ONU o en las propias instituciones de política exterior de Malasia. Pero más allá de los títulos o las instituciones, lo que me importa es la capacidad de impactar vidas, ya sea elaborando marcos legales, apoyando iniciativas humanitarias o simplemente orientando a quienes vengan después de mí.
Reflexiones para quienes sigan este camino
Si pudiera dar un consejo a quienes aspiran a recorrer un camino similar, sería este: no temas la incomodidad. El crecimiento llega en los momentos en que te sientes menos preparado. Ya sea aprendiendo un idioma extranjero, viviendo en una nueva cultura o compitiendo en un escenario internacional, la incomodidad es el inicio de la transformación.
Llegué aquí siendo un joven de diecinueve años armado con nada más que ambición y una beca. Hoy camino entre mundos, no perfectamente, pero con sinceridad: aprendiendo, sirviendo y creciendo. Y si hay una lección que llevo conmigo, es esta: el lenguaje es más que palabras, el derecho es más que reglas, y la educación es más que certificados. En su esencia, todos son puentes, formas de conectarse con los demás, y a través de eso, descubrir quiénes estamos destinados a ser.





