Cuando Jonathan Shaw llegó por primera vez a Estados Unidos para estudiar en la universidad, tuvo que aprender que “What’s up?” —algo así como “¿Qué tal?”— no siempre era una pregunta.
“Era como: ‘Ah, hola, ¿qué tal?’. Y luego sigues caminando”, recordó. “No me lo esperaba”.
Fue una de las muchas pequeñas diferencias culturales que Shaw encontró al mudarse de Jamaica a California para estudiar en la Universidad de Stanford. Pero, en comparación con algunas de las grandes preguntas que se hacía antes de irse de casa —cómo se adaptaría a un nuevo sistema académico, cómo sería la vida universitaria y si sus experiencias en Jamaica le servirían en una universidad estadounidense—, entender la expresión “What’s up?” resultó relativamente sencillo.
Shaw nació y creció en Jamaica, donde estudió hasta el grado 13. Durante sus últimos años de secundaria, estudiar en el extranjero fue convirtiéndose poco a poco en una posibilidad. Antiguos alumnos de su escuela hablaban de universidades como Harvard, Yale, Stanford, Oxford y la Universidad de Toronto.
“Al principio, esas opciones suenan interesantes”, dijo Shaw. “Quizá sea para mí. Quizá lo descubramos”.
En los grados 11 y 12, comenzó a investigar seriamente sobre universidades en el extranjero. Finalmente, presentó solicitudes a instituciones de Estados Unidos y Canadá, y fue admitido en Stanford mediante Restrictive Early Action.
En busca de libertad académica
Una de las principales razones por las que Shaw quería estudiar en el extranjero era la oportunidad de explorar distintas áreas de estudio.
Según explicó, muchas universidades de Jamaica exigen que los estudiantes soliciten el ingreso a un programa específico y dediquen gran parte de sus estudios a cumplir sus requisitos. Stanford ofrecía algo diferente: los estudiantes podían ingresar a una licenciatura sin postularse a una especialidad o facultad específica, lo que les daba espacio para explorar diferentes campos.
Shaw ya sabía que le gustaban la biología y las materias relacionadas, pero no quería decidir de inmediato cómo sería exactamente su trayectoria académica.
“De verdad quería ir a un lugar donde no tuviera que decir: ‘Bueno, voy a hacer esto. Entraré a esta facultad, sí, pero estaré en este programa y tendré que tomar esta materia, esta otra y esta otra’”, dijo.
En Stanford, esa libertad lo llevó a descubrir campos como la biología computacional y la bioingeniería. La oportunidad de investigar y aprender de los profesores era otro atractivo. A Shaw también le interesaba conocer a estudiantes y profesores de todo el mundo, algo que encajaba con su interés por las experiencias internacionales.
Para él, estudiar en el extranjero no se trataba tanto de dejar Jamaica atrás como de obtener la libertad de explorar posibilidades a las que era más difícil acceder en su país.
Postularse desde Jamaica
Ese proceso tuvo sus propios desafíos.
Uno de los más grandes fue explicar el sistema educativo de Jamaica a las universidades extranjeras. En lugar de seguir una estructura que va del kínder al grado 12, los estudiantes jamaiquinos pueden continuar hasta el grado 13, con diferencias en las materias y los exámenes respecto a Estados Unidos.
Shaw también rindió los exámenes del Caribbean Examinations Council, o CXC. Para explicar esas certificaciones y las oportunidades que había tenido a su alcance, hizo falta que su escuela y los responsables de admisiones aportaran contexto.
Por suerte, contó Shaw, la persona encargada de las admisiones de Stanford para su región tenía experiencia con el CXC, y su orientador escolar pudo explicar el sistema educativo jamaiquino y su trayectoria académica.
El acceso a oportunidades extracurriculares era otra diferencia.
En Stanford, Shaw conoció a estudiantes que habían participado en investigaciones de gran alcance desde los grados 9 y 10. En Jamaica, dijo, las oportunidades para que los alumnos de secundaria trabajaran en laboratorios universitarios experimentales eran, por lo general, mucho menos accesibles.
En vez de ver esa falta de acceso como un motivo para abandonar sus intereses, Shaw buscó otras formas de explorarlos.
“Tienes que decir: ‘Bueno, ¿cómo puedo explorar mis intereses? ¿Cómo puedo contribuir de otra manera?’”, dijo.
Eso significaba encontrar formas alternativas de aprender sobre biología y otras materias, incluso cuando no tenía acceso a las oportunidades convencionales de las que disponían algunos estudiantes estadounidenses.
Liderazgo antes de Stanford
Gran parte de la experiencia de Shaw en la secundaria giró en torno al liderazgo.
En su último año, fue head boy, un puesto de liderazgo del sistema escolar de tradición británica, aproximadamente equivalente al principal representante estudiantil o prefecto. En su escuela, ayudó a dirigir a unos 100 prefectos, coordinando horarios y responsabilidades en colaboración con directivos y estudiantes. El cargo también le enseñó a reaccionar con rapidez ante los imprevistos.
A veces, contó Shaw, un directivo le pedía que pronunciara unas palabras de agradecimiento en un evento con poco o ningún tiempo para prepararse. En otras ocasiones, los eventos no salían según lo previsto, y él y su equipo tenían que adaptarse.
Esas experiencias le sirvieron de preparación para la universidad.
También participó en el club ambiental de su escuela, Green Generation, y en el Medics Club. Con Green Generation, participó en actividades como limpiezas de playas, mientras que el Medics Club organizaba programas de reanimación cardiopulmonar.
En conjunto, estas experiencias le dieron a Shaw oportunidades para planificar eventos, trabajar con otras personas y explorar intereses fuera del aula.
Descubrir Stanford
Aunque le entusiasmaba estudiar en el extranjero, Shaw tenía algunas inquietudes antes de llegar a Stanford.
Se preguntaba cómo sería convivir con un compañero de habitación, si lograría equilibrar los estudios con las actividades extracurriculares y la vida social, y qué implicaría desenvolverse en la universidad como estudiante internacional.
Pero había algo que no quería hacer: dejar que las experiencias de otras personas determinaran sus expectativas.
Había oído historias sobre compañeros de habitación difíciles y profesores que supuestamente querían que los estudiantes reprobaran. En lugar de asumir que viviría lo mismo, Shaw prefirió conocer Stanford por sí mismo.
Esa actitud influyó en su percepción de la universidad.
Parte de lo que le atraía de Stanford no era solo su nivel académico, sino también su cultura. Le interesaron tradiciones como Big Tree, la mascota no oficial de Stanford, y la Leland Stanford Junior University Marching Band, conocida por sus vestuarios y presentaciones poco convencionales.
También le gustó la importancia que la universidad daba a divertirse a la vez que se tomaba en serio el trabajo académico.
“Hay un dicho que dice que los estudiantes de Stanford se toman su trabajo en serio, pero no se toman a sí mismos demasiado en serio”, dijo Shaw.
Para Shaw, ese equilibrio era importante. Quería un entorno académicamente exigente, pero también quería disfrutar de ser universitario.
Adaptarse a una nueva cultura
Mudarse de Jamaica a Estados Unidos también cambió las expectativas de Shaw sobre la cultura universitaria.
Antes de llegar, había oído describir las universidades de élite como lugares muy competitivos o “despiadados”. Su experiencia en Stanford fue diferente.
Contó que los estudiantes que conoció se apoyaban mutuamente y celebraban los éxitos de los demás, en vez de ver a sus compañeros como rivales.
“Si tienes éxito, si consigues esa pasantía, si apruebas esa materia, si te va muy bien, todas las personas que conoces están ahí para apoyarte”, dijo.
La adaptación no siempre fue complicada. A veces consistía simplemente en aprender pequeños detalles de la cultura cotidiana estadounidense, como entender qué quiere decir alguien cuando pregunta de manera casual: “What’s up?”.
Después de suficientes conversaciones, Shaw encontró la respuesta.
Ahora, él mismo usa la expresión sin pensarlo dos veces.
Sin embargo, para Shaw, el gran cambio de Jamaica a Stanford ha tenido que ver con algo mucho más profundo: la oportunidad de explorar intereses, conocer a personas de distintos orígenes y construir una trayectoria académica que no tenía que definir de una sola vez.
Estudiar en el extranjero no borró las diferencias entre el lugar donde creció y el lugar donde estudia ahora. En cambio, le dio la oportunidad de aprender a desenvolverse entre esas diferencias por sí mismo y descubrir qué quería de ambos lugares.





